La vio pasar, en la plaza del Banco Central. Altanera, apresurada, con sonrisa tenue, mirada vacía.
–¡Señora, una ayudita para comer!
Sorda y ciega, la extraña siguió su camino.
Con su pierna buena y la de metal, el señor cojeó hasta la banca del jardín. Por milésima vez, murmuró: “Quizás la diabetes se ha llevado mi pie, pero lo que le falta a la gente, es corazón”.
Ella iba en carreras, escuchando música. Sus audífonos la aislaban del mundo, junto con los mechones blancos que cubrían su rostro.
Antes de cruzar la calle, se detuvo y contempló los jardines. Fue entonces que se percató del señor amputado que pedía limosna. Pero era tarde para ayudarlo. Él había doblado hacia el parque mientras ella se dirigía al norte. “Le hubiera dado dinero”, se arrepintió. A esta señora, también, le faltaba algo: su hijo. Quieta, brutal, la depresión se lo había llevado.